SANAR AL NIÑO/A INTERIOR

Yo, al igual que tú querido lector, querida lectora, también fui niña. También sufrí y mucho, cuando a mis padres, por ejemplo, no les quedó más remedio que dejarme en Madrid en el Hospital Ramón y Cajal, a mi tierna edad de 8 años, para que me operaran del oído, ya que tenía una grave infección y por aquel entonces en Pamplona no existía esa unidad de otorrino. Y digo que no les quedó más remedio, ya que mis padres tenían 6 hijos y era imposible trasladarnos durante 8 ó 9 meses a Madrid toda la familia, ya que, lógicamente tenían que seguir con sus trabajos y su vida en Pamplona.

Esto no lo sabe nadie, ya que mi mente lo olvidó. Pero hoy, querido lector, querida lectora te lo cuento, no para ir de víctima, que me disguntan mucho las personas que van de víctimas, sino para compartir contigo una vivencia personal que de alguna manera me “marcó” sin yo apenas saberlo.

Bien, pues como te decía, con 8 añitos inocentes acabé ingresada en el HOSPITAL RAMÓN Y CAJAL de Madrid. Cuando mi madre me dijo que me dejaba sola en el hospital me agarré a su cuello llorando desesperada porque nunca me había quedado sola ya que como os he dicho, provengo de una familia numerosa. Yo no quería que se fuera y me dejara ahí SOLA, sin conocer a nadie. Fue traumático. Tenía mucho miedo. Mucho!! Recuerdo que hicimos el trayecto Pamplona-Madrid en tren, mi madre y mi hermano Michel, que por aquel entonces tenía 3 años. Mi hermano estaba entusiasmado porque era su primer viaje en tren. Debo decirte querido lector que yo amaba y amo enormemente a mi familia y ellos a mi.

Pues bien, de nada sirvió mi angustia y mis desesperados lloros con lágrimas sinceras de terror. Mi madre me decía que todo iba a salir bien y que me cuidarían de maravilla en el hospital y que todos los fines de semana vendrían a verme. En ese momento nada me consolaba. Me asignaron una habitación de hospital y mi madre, también angustiada, se tuvo que volver a Pamplona, a sus quehaceres de cuidar de mis hermanos y hermanas y yo me quedé ahí SOLA. Fue terrible, pensé que mi mundo se acababa ahí.

De hecho caí en una pequeña depresión. En el hospital no quería estar con nadie. Me parecía un sitio horrible, con gente enferma y quejica, que sólo hablaban de enfermedades y se lamentaban continuamente de todo. Yo huía de esas conversaciones. Yo no estaba dispuesta a ser así, una quejica, una llorona. Mi madre me había dejado en mi mesilla del hospital leche condensada y galletas napolitanas que tanto tanto me gustaban y ni las probé. Adelgacé en el hospital porque no tenía ganas de comer. Me sentí abandonada, tirada, SOLA. De hecho, me cambié de nombre, ya no me llamaba Sagrario, me llamaba de otra manera, de tal forma que cuando mis padres me llamaban por teléfono al hospital para hablar conmigo nunca me encontraban porque no existía una tal Sagrario. Nadie sabía que yo era Sagrario, pensaban que yo era de otro nombre (ahora no recuerdo que nombre me inventé).

Conocí a unos niños que, como yo, estaban ingresados en la planta de infantil y poco a poco me abrí, me hice amiga de ellos. Recuerdo a un tal Domingo, se llamaba, era un niño que tenía la cabeza, los brazos y manos quemados, pero yo desde mi inocencia, lo veía hermoso, me daba pena por él pero yo le hablaba y lo trataba como si fuera un niño sin quemaduras. Nos reíamos mucho y recorríamos el hospital. 

Después de mi operación de oído, me vendaron  la cabeza y el oído operado. Mis padres y mis hermanos (no todos, ya que mis hermanos tenían colegio) fueron a verme al hospital y ahí mi madre vió que me había cambiado de nombre y lo mal que anímicamente lo pasé, todo eso por estar lejos de mi familia.

Por otro lado, debo decirte querido lector, querida lectora que no todo fue negativo, ya que también toda esa experiencia me hizo ser más fuerte. Más fuerte, más fuerte. Ya no lloraba, cuando mis padres y hermanos se iban. Me resigné a quedarme sola. Me adapté a mi nueva “vida”.

En el hospital tenía un tratamiento para después de la operación muy invasivo. Imagínate querido lector y querida lectora, por aquel entonces, con 8 años, cuando me quitaron la venda tenía que ir a enfermería a curarme el fondo del oído. La cura consistía en unos pinchazos adentro del oído. Unos pinchazos super dolorosos. Yo quería ser curada la primera, que me pincharan cuanto antes para que acabara la agonía de estar en la cola, esperando desesperadamente a un dolor increíble.

Las enfermeras estaban maravilladas porque veían lo valiente que era, que no lloraba, que aguantaba los pinchazos y, es más, que iba contenta, que me reía. Mi mente se había mentalizado y el dolor no era tan intenso, era más soportable.

Evidentemente perdí el curso escolar ya que estuve casi medio año ingresada.

Cuando me dieron el alta y volví a Pamplona con mi familia y mis amigas y amigos estaba loca de alegría. Y sabéis una cosa? aprendí una gran lección: que todo pasa por algo, me curé el oído y también eso me acercó más a mi papá Dios. En medio de todo el dolor aprendí a sonreir, tuve fé, porque dentro de mi corazón estaba Dios, hablándome todo el día, dándome ánimos, ayudándome a ser fuerte, a aguantar. Y lejos de ir de víctima y de mala uva, me hice amiga, gran amiga de todos mis amigos, dándoles ánimos, riéndonos y explorando el hospital. Recuerdo un día que estaba yo en misa, en la capilla del hospital, y vinieron mis padres con mi hermano Michel a verme, así de sorpresa. Casi me da un ataque!! yo que veo, de repente a mi hermano venir corriendo hacia mi para besarme y darme un gran abrazo, yo lo agarré y le abracé también, se me caían las lágrimas de alegría. Qué sorpresón, madre mía!!

Y hoy en día, recuerdo a esa niña interior mía, que tuvo que pasar lo que pasó. Pero la miro desde el cariño, desde la alegría no desde la victimización, y si desde el amor, porque esa niña soy yo, ya mujer, ya mamá de dos maravillosos hijos, chica y chico. Doy gracias a Dios porque esa experiencia me ha acercado más y más a él, al Universo Infinito lleno de amor por todos nosotros, sus hijos.

Por eso tenemos que dar gracias a Dios, al Universo, porque a veces nos hace sufrir, pero no para que nos sintamos castigados y machacados sino para que escuchemos la voz de nuestra alma que es la voz de Dios y nos hagamos mejores personas. El dolor nos acerca más y más a Dios, a nuestro papá. El amor también nos acerca a nuestro papá Dios. Por eso todos los días doy gracias a Dios por todo lo bueno y lo malo que me ha pasado. El Universo no tiene la culpa de nuestras desgracias. El Universo, Dios, nos ha hecho libres y permite que suframos para que aprendamos. Él, Dios, nuestro papá, también envió a la tierra a su hijo JESÚS, su hijo muy amado, para que sufriera y muriera por todos nosotros.

Nosotros tan sólo somos simples mortales que tenemos que aprender, aprender y aprender.

Mi niña interior se sintió sola, abandonada…pero el Universo restauró ese sentimiento y la colmó de bendiciones para así ella bendecir también a sus semejantes.

Por eso siempre digo: AMA, ama con pasión, con locura, no te preocupes por lo demás. Dios todo lo vé, todo lo sabe, sabe más que tú, más que yo. Él sabrá que hacer contigo cuando llegue el momento. Habla con Dios, con tu alma, con tu papá, con tu Universo. Todos somos energía y estamos interconectados. 

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